[Esp./Eng.] La Sabia Ignorancia. || Wise Ignorance.



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Participar en la iniciativa de los amigos de @talentos me ha hecho reflexionar sobre la delgada lĂ­nea que separa la picardĂ­a de la malicia. Existe una diferencia abismal, casi ontolĂłgica, entre la mala acciĂłn de un adulto y la travesura de un niño. El adulto actĂșa con alevosĂ­a, conoce el alcance legal y moral de sus pasos y, por lo tanto, su falta carece de esa luz purificadora que es la inocencia. En cambio, cuando habitamos ese territorio sagrado de la infancia, operamos bajo una lĂłgica distinta, la curiosidad era nuestro Ășnico motor y las consecuencias son conceptos abstractos que solo cobran vida cuando aparece el regaño de una madre o el llanto de un compañerito. Una travesura es, en esencia, un experimento cientĂ­fico sin mĂ©todo ni precauciĂłn, un salto al vacĂ­o donde el paracaĂ­das es la bendita ignorancia del peligro.


De la ciencia del niño a la malicia del adulto

Eran los años sesenta, una década donde el asfalto de las calles todavía nos pertenecía y los patios eran laboratorios de lo imposible. Yo andaba por los nueve o diez años, una edad en la que uno se siente dueño de una sabiduría basada en la observación de los adultos, aunque esa sabiduría sea mås bien un espejismo. Recuerdo una tarde calurosa en la que mis primas y yo decidimos que el porche de la casa sería una clínica de alta especialidad. Yo era el doctor principal, investido con una autoridad que me otorgaba el simple hecho de haber encontrado un gotero viejo y limpio.

—Doctor, me duelen mucho los ojos —me dijo mi prima, metiĂ©ndose de lleno en su papel de paciente sufrida.

Yo, con una seriedad profesional que hoy me resulta cómica, busqué algo para «sanarla». Vi un frasco de alcohol isopropílico sobre la repisa. En mi mente infantil, el alcohol lo curaba todo, como el famoso Merthiolate..., las raspaduras de las rodillas, el dolor de muela de los tíos y hasta el mal olor de los pies. Sin meditarlo, llené el gotero.

—Cierre los ojitos, que esto es una medicina milagrosa —le advertí, je, je, je.


Gracias a la IA Qwen por ilustrar esta publicaciĂłn.

Le puse un par de gotas en cada ojo. El resultado fue instantĂĄneo. Aquello no fue una sanaciĂłn, fue un incendio ocular. Mi prima pegĂł un grito que debiĂł escucharse en la otra cuadra y saliĂł disparada hacia el chorro de agua del lavandero, mientras yo me quedaba allĂ­, con el gotero en la mano, parpadeando con la misma sorpresa que ella.

No habĂ­a maldad en ninguno de nosotros, solo una fe ciega en las propiedades del alcohol. Al ver sus ojos rojos como tomates, entre risas nerviosas y el susto de recibir un castigo, entendĂ­ que los mĂ©dicos de verdad no usaban esas tĂ©cnicas, aunque en ese momento mi Ășnica defensa fue: «¥Pero si el alcohol limpia todo, prima!».

Poco tiempo después, la osadía subió de nivel. Mi hermano Jhonny, que siempre fue el mås intrépido o quizås el mås ingenuo de la manada, aceptó convertirse en el primer superhéroe volador de la familia. Lo convencimos de que, con una toalla roja amarrada al cuello y una cuerda de tender ropa bien sujeta, podría surcar los cielos desde la platabanda de la casa. El plan era sencillo: nosotros lo lanzaríamos al vacío y la cuerda, de alguna manera mågica que nunca cuestionamos, lo sostendría antes de tocar el suelo.


Gracias a la IA Qwen por ilustrar esta publicaciĂłn.

—¿EstĂĄs listo, Superman? —le preguntamos, mientras le ajustaba el nudo de la cuerda por el cuello, sin entender quĂ© estaba fabricando. Dios, que pena lo que hubiese sucedido...

—¡Listo! ÂĄHacia el infinito! —respondiĂł Ă©l, emocionado, parado al borde del abismo de cemento.

Ya lo teníamos casi en el aire, con los pies colgando, cuando el grito de mi madre rompió el hechizo. «¥¿Pero qué carrizo estån haciendo pelaos?!». El susto fue tal que casi soltamos la cuerda de golpe. Mi mamå subió las escaleras como un rayo y nos dio un regaño de esos que quedan grabados en el ADN. Solo años después, al ver la escena como adulto, sentí el frío en la espalda al comprender que lo que para nosotros era una aventura épica, para ella era una tragedia en potencia. La inocencia nos impedía ver la gravedad, literalmente.

Ya mĂĄs joven, en el liceo, la aĂșn travesura se transformĂł en una forma de justicia. Estudiaba segundo año y me habĂ­a ganado la fama de ser bueno en matemĂĄticas. Mis compañeros, en un despliegue de pereza colectiva, organizaron una cadena de copia para el examen final. «Lo que haga el flaco con lentes, lo repetimos todos», fue la consigna. Me di cuenta de que me estaban usando, asĂ­ que decidĂ­ darles una lecciĂłn que no olvidaran.


Gracias a la IA Qwen por ilustrar esta publicaciĂłn.

Durante la prueba, con una calma absoluta, llené mi hoja con los resultados mås disparatados que se me ocurrieron. Si la respuesta era 25, yo ponía -1.000. Los vi a todos sudar, copiando mis errores religiosamente. Al final, todos salimos raspados. La profesora, que sabía que yo era un alumno brillante, me llamó aparte días después.

—Dime la verdad, ÂżquĂ© te pasĂł ese dĂ­a? ÂżTe quedaste en blanco? —me preguntĂł, tratando de no sonar severa.

Le conté la verdad: la travesura del saboteo colectivo. Ella no pudo contenerse y soltó una carcajada que resonó en todo el pasillo.

—Bueno, por lo menos aprendieron que copiar no siempre es un negocio seguro —dijo ella, todavía riendo, y decidió repetirnos la prueba, esta vez con cada quien en un pupitre separado.

Esa es la belleza de las travesuras, son retazos de vida donde el error se convierte en anécdota porque nace de un corazón que todavía no sabe lo que es el dolo (maldad). Hoy, al mirar hacia atrås, entiendo que esas «maldades» sin malicia son las que nos humanizan y nos permiten recordar que, alguna vez, el mundo fue un lugar donde todo era posible, incluso volar con una cuerda al cuello o curar los ojos con alcohol.




đ—˜đ—»đ—°đ˜‚đ—Čđ—»đ˜đ—żđ—Œ đ—±đ—Č 𝗧𝗼đ—čđ—Čđ—»đ˜đ—Œđ˜€: «Travesuras»





Portada de la convocatoria.


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Dedicado a todos aquellos escribas que contribuyen, dĂ­a a dĂ­a, a hacer de nuestro planeta, un mundo mejor.










Taking part in the initiative organised by our friends at @talentos has made me reflect on the fine line between mischief and malice. There is a vast, almost ontological difference between an adult’s wrongdoing and a child’s mischief. The adult acts with malice aforethought, is aware of the legal and moral implications of their actions and, therefore, their transgression lacks that purifying light which is innocence. In contrast, when we inhabit that sacred territory of childhood, we operate under a different logic; curiosity was our sole driving force, and consequences are abstract concepts that only come to life when a mother’s scolding or a playmate’s tears appear. A prank is, in essence, a scientific experiment without method or precaution, a leap into the void where the parachute is the blessed ignorance of danger.


From a child’s curiosity to an adult’s mischief

It was the 1960s, a decade when the tarmac of the streets still belonged to us and the backyards were laboratories of the impossible. I was about nine or ten years old, an age when one feels in possession of a wisdom based on observing adults, even if that wisdom is really more of a mirage. I remember a hot afternoon when my cousins and I decided that the porch of the house would be a specialist clinic. I was the head doctor, invested with an authority conferred on me simply by the fact that I had found an old, clean dropper.

‘Doctor, my eyes hurt so much,’ my cousin said to me, throwing herself wholeheartedly into her role as a suffering patient.

I, with a professional seriousness that strikes me as comical today, looked for something to ‘cure’ her. I spotted a bottle of isopropyl alcohol on the shelf. In my childish mind, alcohol cured everything, just like the famous Merthiolate... scraped knees, my uncles’ toothache and even smelly feet. Without a second thought, I filled the dropper.

“Close your eyes, this is a miracle cure,” I warned her, heh, heh, heh.


Thanks to Qwen AI for illustrating this post.

I put a couple of drops in each eye. The result was instant. It wasn’t a cure, it was an eye fire. My cousin let out a scream that must have been heard a block away and dashed towards the tap, whilst I stood there, dropper in hand, blinking in just as much surprise as she was.

There was no malice in me, just blind faith in the properties of alcohol. Seeing her eyes red as tomatoes, between nervous laughter and the fear of being punished, I realised that real doctors didn’t use such techniques, though at that moment my only defence was: ‘But alcohol cleans everything, cousin!’

Before long, our daring took it to the next level. My brother Jhonny, who was always the most intrepid—or perhaps the most naive—of the bunch, agreed to become the family’s first flying superhero. We convinced him that, with a red towel tied around his neck and a clothesline securely fastened, he could soar through the skies from the house’s parapet. The plan was simple: we would launch him into the void and the line, by some magical means we never questioned, would catch him before he hit the ground.


Thanks to Qwen AI for illustrating this post.

“Are you ready, Superman?” we asked him, as he adjusted the knot of the rope around his neck, without realising what he was getting himself into. God, what a shame if something had happened...

“Ready! To infinity!” he replied, excitedly, standing on the edge of the concrete abyss.

We were almost up in the air, dangling our feet, when my mum’s shout broke the spell. “What on earth are you lot up to?!” We were so startled we nearly let go of the rope all at once. Mum came storming up the stairs and gave us the sort of telling-off that stays etched in your memory forever. It was only years later, looking back on the scene as an adult, that I felt a chill down my spine as I realised that what was an epic adventure for us was, for her, a potential tragedy. Our innocence literally prevented us from seeing the gravity of the situation.

Later on, in secondary school, that same mischief turned into a form of justice. I was in Year 10 and had earned a reputation for being good at maths. My classmates, in a display of collective laziness, organised a chain of cheating for the final exam. ‘Whatever the skinny lad with glasses does, we’ll all copy,’ was the motto. I realised they were using me, so I decided to teach them a lesson they wouldn’t forget.


Thanks to Qwen AI for illustrating this post.

During the exam, with absolute calm, I filled my paper with the most absurd answers I could think of. If the answer was 25, I’d write -1,000. I watched them all break out in a sweat, copying my mistakes to the letter. In the end, we all just scraped through. The teacher, who knew I was a brilliant student, took me aside a few days later.

‘Tell me the truth, what happened to you that day? Did your mind go blank?’ she asked, trying not to sound too stern.

I told her the truth: the prank of collective sabotage. She couldn’t contain herself and burst out laughing, her laughter echoing down the corridor.

“Well, at least you’ve learnt that cheating isn’t always a safe bet,” she said, still laughing, and decided to set the test again, this time with each of us at a separate desk.

That is the beauty of mischief: they are snippets of life where a mistake becomes an anecdote because it springs from a heart that has not yet known malice. Today, looking back, I realise that those ‘misdeeds’ without malice are what make us human and remind us that, once upon a time, the world was a place where anything was possible, including flying with a rope around your neck or treating sore eyes with alcohol.




Talent Showcase: «Mischief.»





Cover of the call for applications


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Dedicated to all those writers who, day in, day out, help to make our planet a better place.







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Puedo asegurar que hay adultos muy inocentes todavĂ­a, le salen mal algunas travesuras ja,ja,ja. hago mucho hincapiĂ© a mis nietos de nada de voladera de ningĂșn tipo, mi nieto tiene cuatro años y la nieta tres años hay que hablar mucho, algo les queda, me asustĂ© al ver la imagen, pensĂ© que era pega loca. De verdad nos salvamos de tantas cosas.

ImagĂ­nate amigo @amigoponc si nosotros nos reĂ­mos al recordar imagina a los profesores. Muchos quedan sufriendo de muchas enfermedades. Amo a mis maestros...Los recuerdo con mucho amor.

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Los chichos de ahora vuelan en su imaginación, jejeje. Ya los niños no salen a jugar como lo hacíamos en la década de 1960, había mås libertad y espacimiento, las casas en sus puertas y ventanas no tenía rejas y durante el día permanecían de par en par.

Las dos Ășltimas generaciones son mĂĄs encerrados, perplejos en la TV o en los distintas pantallas. La seguridad es importante, asĂ­ que, salir a jugar a la calle son cosas del pasado.

Gracias por haber llegado hasta mi entrada. Un abrazo y muchas bendiciones.

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(Edited)

Dios mío pero que intrépido fuiste de niño @amigoponc!! Gracias a Dios que el sexto sentido de una madre pocas veces se apaga. No quiero imaginarme que le pudohaber pasado a tu hermano. Gracias a Dios quedó como anécdota de la familia.
Por otro lado eso del examen estuvo de lujo 😂😂😂 fue muy grato leerte de nuevo, saludos đŸ‘‹đŸ»đŸ˜‰

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Date una vueltica por los recuerdos de tu infancia y encontrarĂĄs la pecosa traviesa que fuiste, jejeje. Me alegra que hayas llegado hasta mi entrada, gracias. Bendiciones.

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