El limpiador de nubes

El cielo goteaba savia negra, un mejunje pegajoso que olía a burocracia rancia y a formularios mal rellenados. Matusalén, con su escalera de hueso heredada de su bisabuelo (un carpintero con pésima puntería), trepaba cada amanecer, los peldaños crujiendo como si protestaran por el sueldo mínimo.

En el horizonte, la ciudad sin nombre roncaba, sus luces parpadeando como bombillas de motel barato, sus calles un desfile de ciudadanos con boinas idénticas, todos oliendo a jabón de hotel y sueños aplazados.

Matusalén limpiaba nubes. No nubes de algodón, no, sino nubes viscosas, tejidas de eslóganes que sabían a metal oxidado: «¡Unidad, armonía, progreso!» Cada eslogan era una bofetada de cera derretida que se pegaba a la piel como chicle en el zapato. Con su trapo, un andrajo que olía a sudor y a rebeldía de mercadillo raspaba esas nubes, abriendo jirones de azul que olían a mar y a libertad, pero que se cerraban rápido, como si el cielo tuviera alergia a la originalidad.

La ciudad era un circo sin risas. Sus habitantes, con caras fundidas en un mohín de aburrimiento, desfilaban al ritmo de un himno que sonaba a licuadora atascada. En las plazas, pantallas gigantes vomitaban anuncios: «¡Sonríe! ¡La unidad es felicidad!» Los niños, con ojos de pez hervido, recitaban frases aprendidas: «Obedecer es prosperar». Las casas, todas grises, olían a desinfectante y a sueños que alguien olvidó en la plaza.

Nadie miraba al cielo. Nadie preguntaba. La memoria individual se había disuelto en esas nubes pegajosas, dejando un presente que sabía a sopa de sobre.

Matusalén, con sus manos nudosas como raíces de olivo, subía su escalera, que gemía como si tuviera resaca. «Guarda el cielo, Matusalén», le había dicho su padre antes de huir con la familia, su voz un eco amargo que olía a café quemado. Él se quedó, no por valentía, sino porque sus pies parecían pegados al suelo con cemento de nostalgia, oliendo a pan amasado por su madre y a las risas de su hermana, que aún rebotaban en los surcos del campo.

En la ciudad, un niño lo espiaba. Justino, un pequeño con ojos de ratón de ferretería, escondía un guijarro en el bolsillo, un pedazo de tierra que olía a hierba y a travesuras. Se escabullía al amanecer, trepando a un tejado roto para ver a Matusalén pelear con las nubes.

«¿Por qué subes, abuelo?», gritó un día, su voz un chillido que olía a limonada derramada. Matusalén, encaramado en su escalera, lo miró con ojos de búho miope. «Porque alguien tiene que limpiar este desastre, pequeño. ¡El cielo no se va a planchar solo!» Justino rio, y el aire olió, por un segundo, a viento libre.

Una mañana, mientras Matusalén frotaba una nube gorda que apestaba a eslóganes de campaña electoral, la escalera crujió como si quisiera jubilarse. «¡Aguanta, vieja, que no estamos para arreglos!», gruñó. Abajo, Justino, con su guijarro en la mano, le gritó: «¡Abuelo, esa nube parece al señor de a tele que prometió no robar!» Matusalén soltó una carcajada seca, y un jirón de azul se abrió, tan puro que dolía, oliendo a sal y a chistes malos.

La ciudad, sin embargo, no estaba para bromas. Las pantallas parpadeaban, escupiendo órdenes: «¡Unidad! ¡Conformidad!» Las boinas grises, que parecían clonadas en una fábrica de aburrimiento, marchaban en filas perfectas, sus pasos sonando a metrónomo descompuesto, preocupados de las verdades que se publicaban y las mentiras que ya nadie creía.

Una noche, las campanas sonaron, un ruido que olía a miedo y a formularios sellados. Sombras con antorchas, que apestaban a cera y a mala leche, rodearon la escalera. «¡Baja, limpiador de nubes! ¡Eso es propiedad de todos, el cielo corporativo no permitirá que destruyas el ambiente!», gritó una voz que sonaba a colector de autobús.

Matusalén, con el trapo temblando como un pájaro con resfriado, no respondió. Clavó el trapo en una nube roja, densa como una factura de impuestos. El cielo rugió, y un destello dorado cortó la penumbra. «¡No saben reír, idiotas!», murmuró, raspando con más fuerza. La escalera tembló, un peldaño se rompió con un crujido que se veía como factura vencida. Justino, desde el tejado, gritó: «¡Abuelo, bájate antes de que te cobren multa por ensuciar el cielo!»

Matusalén lanzó el trapo a Justino. «¡Guarda esto, pequeño! ¡Es el único trapo que no plancha camisas!» Justino lo atrapó, su tela áspera oliendo a ceniza y a baño de bar. Las sombras llegaron, sus antorchas apestando a político ofendido. Matusalén no bajó. Clavó un hueso de la escalera en la nube, y el cielo cantó, un sonido que sabía a sal y a rebeldía. La nube se deshizo, pero otras volvieron, tejiendo su red de eslóganes que apestaban a oficina sin ventanas.

La ciudad despertó, furiosa. Las pantallas gritaron: «¡Traidor! ¡Individualista! ¡Enemigo de la unidad!» Matusalén bajó, peldaño tras peldaño, la escalera gimiendo como un funcionario obligado a trabajar un sábado. Tocó la tierra, y el olor a pan de su madre lo envolvió, un aroma a hierba y sudor que lo anclaba. Justino le devolvió un jirón del trapo, un pedazo de azul frágil, palpitando como un meme que nadie entendió. «Sigue limpiando, pequeño», dijo Matusalén, caminando hacia el horizonte, donde las nubes aún no habían ganado, donde la tierra olía a lluvia y a libertad.

Justino, con el guijarro en una mano y el trapo en la otra, miró el cielo. Los niños, escondidos tras cortinas raídas, susurraban de un viejo que limpiaba nubes con un trapo que olía a sueños y a lagrimas no derramadas. Decían que aún estaba allí, en algún lugar, raspando la savia negra del cielo. A veces, un jirón de azul cortaba la oscuridad, y el aire olía, por un instante, a limonada y rebeldía. Justino sonrió, apretó el guijarro y pensó: «El cielo no se plancha solo, pero yo tengo un trapo».

[https://www.pexels.com/es-es/foto/nube-blanca-en-el-cielo-15421147/)


CRÉDITOS Banner elaborado en PSD con fotos propias y logo de IAFO Logos redes sociales



0
0
0.000
3 comments
avatar

Un relato que combina lo fantástico, lo político y lo surreal, creando una peculiar percepción en su lectura. Saludos, @franvenezuela.

Tu post ha sido votado por @celf.magazine, proyecto curatorial y revista digital sobre arte y cultura en Hive. Únete a nuestra comunidad y comparte tu talento con nosotros.
Your post has been voted by @celf.magazine, curatorial project and digital magazine about art and culture in Hive. Join our community and share your talent with us.



0
0
0.000
avatar

¡Felicitaciones!


Has sido votado por @entropia

Estás participando para optar a la mención especial que se efectuará el domingo 7 de junio del 2026 a las 8:00 pm (hora de Venezuela), gracias a la cual el autor del artículo seleccionado recibirá la cantidad de 1 HIVE transferida a su cuenta.

¡También has recibido 1 ENTROKEN! El token del PROYECTO ENTROPÍA impulsado por la plataforma Steem-Engine.


1. Invierte en el PROYECTO ENTROPÍA y recibe ganancias semanalmente. Entra aquí para más información.

2. Contáctanos en Discord: https://discord.gg/hkCjFeb

3. Suscríbete a nuestra COMUNIDAD y apoya al trail de @Entropia y así podrás ganar recompensas de curación de forma automática. Entra aquí para más información sobre nuestro trail.

4. Visita nuestro canal de Youtube.

Atentamente

El equipo de curación del PROYECTO ENTROPÍA

0
0
0.000