Lo que arde a las seis
El libro se me cayó de las manos cuando ella cruzó el umbral del ascensor. No fue un resbalón accidental, fue como si el tiempo lo hubiera escupido entre las baldosas, una pepa de mango maduro y pegajoso que nadie pisa por miedo a que el jugo lo arrastre de vuelta al pasado.
El tomo, un viejo volumen de poemas de Jurado Zabala que llevaba semanas intentando releer, rebotó contra el metal frío del piso y se quedó allí, abierto en una página arrugada, como si las palabras se hubieran rendido antes que yo.
Ella entró sin prisa, con esa gracia que tienen las mujeres que han aprendido a moverse por el mundo como poesía al destino. Llevaba el vestido verde lila de mi abuela, aquel de misa los domingos, con bordados deshilachados en los puños que olían a caduflé y rosas. En el pelo, recogido en un moño improvisado, asomaba un gancho de plata torcido, idéntico al que mi madre clava aún en la pared de la casa vieja para colgar llaves de puertas que ya no abren: las del cuarto donde mi papá guarda sus sueños de pescador.
Ese gancho, que yo mismo había enderezado una vez con un martillo oxidado, brilló un instante bajo la luz verde del edificio, un destello que me transportó a los doce años. Era el mismo fulgor del cuchillo de cocina con el que, en un arrebato de hambre y rebeldía, corté un mango robado en el patio del Chichero. La hoja resbaló sobre la piel gruesa de la fruta y me dejó una cicatriz en el pulgar derecho: una línea blanca y fina que aún duele cuando hace frío, como si el invierno se colara por esa grieta y recordara que el tiempo no perdona las imprudencias de la infancia.
Me quedé mirándola, con el pulgar rozando instintivamente la marca, y por un segundo juré que el ascensor se había detenido entre pisos, suspendido en un limbo donde los recuerdos se solidifican como miel.
Pero no fue el metal lo primero que me invadió; fue el perfume, un golpe seco y envolvente que espesó el aire confinado como una puerta invisible sellando mi pecho con nostalgia. Mezclaba el perfume de mi madre, clavo y canela de sábados, con el Herrera de ella, olor a gasoil y cauchos quemados.
Me recordó a la primera mujer que me dejó con las manos vacías: aquella novia de adolescencia en el liceo, con promesas de futuro y huida repentina hacia la capital, llevándose mi corazón y el dinero ahorrado para un anillo que nunca compré. El sudor me bajó por la espalda entonces, traicionero y copioso como la lluvia de mayo en Guanare, empapando la camisa hasta pegarla a la piel como una segunda capa de remordimientos.
Las manos, torpes remendando redes o pelaron frutas, ahora olían a barro y bagre podrido, el tufo de las noches junto al río Portuguesa, donde mi padre, con dedos agrietados por el sol y el agua, limpiaba capturas creyendo que el caudal nos salvaría de la pobreza. Pero el río mintió con sequías y crecidas, y yo me fui, huyendo a la ciudad con su silencio en los hombros.
El corazón me martilleaba el pecho cual un preso en una celda, con una urgencia que no reconocía. La garganta se cerró, convertida en humo denso de la carretera entre Barinas y Acarigua, cuando el monte se quema en verano. Mis piernas, firmes como teca, buscaron ceder.
Intenté tragar saliva, pero solo logré un gemido ahogado, y ella, Dios, ella, se giró apenas, con una media sonrisa que no llegaba a los ojos.
Quise saltarme el formalismo y abrazarla. Su cuerpo jovial y lozano desafiando el mío. Su aroma y el mío fundidos como grito y silencio.
—Perdón —dijo, mientras tarareaba el Gloria al bravo pueblo—, su voz un susurro que no pedía clemencia, sino que la exigía, mientras su mano, la misma que había imaginado en mi nuca, se cerraba alrededor del gancho de plata.
No era una disculpa; era el golpe seco de un sello sobre un expediente cerrado para siempre, el veredicto de un juez invisible. Era el crujido del papel de arroz que usaba para envolver las cartas que nunca envié: misivas garabateadas en noches de insomnio, dirigidas a mi abuela, a mis padres, a la novia que se evaporó como humo. Cartas llenas de confesiones mudas, de «te extraño» y «perdóname», que terminaban arrugadas en un cajón.
Y también era la cena familiar en la mesa de madera astillada, con tías, primos, hermanos, yo, pero llena de ausencias: sillas vacías, platos fríos, conversaciones en el tintineo de pantallas, único canal para vernos las caras.
El ascensor, testigo mecánico, se cerró con un zumbido sordo, sellándonos en su interior. El aire olía ahora a metal oxidado, sangre y grasa seca. Las paredes vibraron levemente, como si el edificio supiera que contábamos los segundos hasta las seis: esa hora ermitaña en que el sol se hunde como un tizón en el horizonte, tiñendo el cielo de púrpura y dejando que las sombras se estiren como dedos acusadores.
El reloj en mi muñeca marcaba las cinco y cincuenta y nueve.
Las seis en punto eran la hora en que los barcos zarpan del Guadalquivir sin despedidas, allá en Sevilla, donde aterricé sin haber soñado con emigrar. La hora en que mi abuela decía que los muertos visitan a los vivos, deslizándose por las rendijas como humo invisible, para susurrar secretos que el día no contiene.
Yo no creía en fantasmas entonces, pero en ese ascensor, con ella a un metro, el escepticismo se me deshacía como azúcar en el café.
Saqué el acta de defunción del bolsillo interior de la chaqueta, un gesto mecánico, como si mi mano supiera antes que mi mente lo que venía. El papel se resistió al principio, cosido con hilos invisibles de abrazos no dados, besos robados en la penumbra de la casa en Guanare.
Era el documento de mi salida, expedido hacía tres meses, con su nombre en tinta negra y fría, una fecha en tinta roja, que casi no podía leerse: Fallecida por complicaciones de un corazón roto, decía el informe, aunque el médico solo anotó insuficiencia política.
Lo había llevado desde el funeral, un talismán póstumo que quemaba como brasa en el bolsillo, recordándome las promesas de volver, de no dejarla sola con las llaves colgadas y el perfume de clavo desvaneciéndose. Cuando al fin se rasgó el sobre, un sonido como tela desgarrada en la noche, el ascensor se sacudió con violencia. Las luces parpadearon, un pestañeo eléctrico que nos dejó en penumbras por un eterno segundo, y el zumbido se convirtió en un gemido metálico, como si el cable se tensara al límite.
Eran las seis y uno, el minuto en que el mundo bascula y lo que arde no se apaga, solo migra. Las puertas se abrieron como un suspiro. Todos me miraron entonces, o eso creí ver en el reflejo distorsionado de los cristales: mi abuela con su vestido lila, mi madre con el gancho en el pelo, mi padre con las manos olientes a bagre, la novia con su sonrisa de farmacia.
Salí primero, con el libro bajo el brazo y el acta hecha trizas en el puño. Afuera, la calle bullía con el ajetreo de las seis: vendedores gritando, autos pitando en el tráfico, el rumor lejano de un río que ya no nos alimenta. Pero en mi pecho, el ardor persistía, un fuego lento que no consumía solo transformaba, mi voz, fracturada y lastimera solo capaz de decir:
«Vuelve».
Y ella, resonó de nuevo en el umbral, no un perdón, sino un silencio que se coló entre el bullicio, eco de todas las ausencias, un llamado que la ciudad amplificaba como el viento del llano, arrastrando promesas rotas hacia la noche entrante.
No me siguió.
Se quedó allí y se fundió con el clamor de la calle, un susurro que no se apaga, sino que viaja, incendiando los pasos del exiliado.
Yo caminé hacia la noche que llegaba, sabiendo que las seis volverían mañana, y con ellas, lo que arde.

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Un relato muy bien logrado. Entreveras con habilidad narrativa lo presente y lo pasado, el recuerdo y la imaginación, presentándonos el efecto de la nostalgia y la ausencia, quizás el fracaso. Saludos, @franvenezuela.
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Una buena historia hermano.. felicidades!
¡Gracias!