Crónica trivial de un universitario (a la Universidad de Oriente)

El 21 de noviembre es el Día del Estudiante Universitario en Venezuela, así decretado en 1958, por la Junta de Gobierno que sustituyó a la dictadura de Marcos Pérez Jiménez; la motivación para estatuirlo oficialmente fue el reconocimiento de la actividad protestataria del movimiento estudiantil. Y ese mismo día fue promulgado el decreto que creó la Universidad de Oriente, institución que teniendo su sede en Cumaná (Estado Sucre), se amplió abriendo núcleos en todos los estados del oriente y parte del sur del país (Anzoátegui, Monagas, Nueva Esparta, Bolívar).


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A mi Universidad de Oriente, en sus 64 años de fundada

Era apenas un joven estudiante que finalizaba su bachillerato, pero ya rebelde y corrido lector, cuando comenzó a visitar aquellos soñados espacios de la vida universitaria. Le gustaba permanecer en sus amplios jardines saboreando un cafecito, deleitarse en los conciertos, presentaciones teatrales y exhibiciones cinematográficas en su acogedor auditorio. Colearse en alguna que otra clase de literatura, y escuchar hablar de Proust, de Joyce, de Hemingway, de Vallejo. Por supuesto, ver a las deseables chicas que recorrían sus pasillos.

Al ingresar hecho un estudiante universitario, su alma era ya un predio interior de “la Casa más alta”. Entre deberes académicos, cumplidos con dedicado empeño para la formación aspirada, o momentos de disfrute de la libertad del espíritu en ejercicios de creación y recreación estéticos en plazas, pasillos, paredes, carteleras, o en legítimas y pacíficas protestas frente a lo injusto y desmedido. O, convertido en docente, tratando de mantener despierta esa llama iniciática, comprometer la vida con esa realidad siempre en devenir, con jóvenes con quien compartir las pasiones de las humanidades, el arte y la literatura, en las aulas o fuera de ellas.

Así, se forjó su decurso irrenunciable de universitario, acompañado de tantos otros, admirables profesores, elogiados y queridos estudiantes. En el camino se presentaron muchos decaimientos, decepciones, conflictos, pero fueron posibles de enrumbar. Hasta que la canalla (externa e interna) propició, desarrolló y consumó el desastre, como ninguna guerra nuclear pudiera haberlo logrado.

Habiendo sido no un testigo indolente e inactivo frente a esa ruina que, como tornado, iba arrasando todo; dando gran parte de su esfuerzo al freno de esta o a la posible reconstrucción, ahora está casi paralizado. Viendo las fotos de ese vandalismo inmensurable, que no dejó piedra sobre piedra, casi apocalíptico, se siente muchas veces, como dijo el salmista, llorando a orillas de los ríos de Babilonia. Más, cuando ahora los destructores se erigen como salvadores.

Un hálito se cuela en la sequedad de este desierto. Escucha el himno de su “Casa más alta”, y llora por la esperanza.



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Gracias por su lectura.






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