Mi perfecta boda xenoluriana(Cuarta Parte)|Narrativa [ES]

(Foto de apoyo creada con Geini AI, bla-blá bla- blá...ya saben el resto)
Enlace a la tercera parte:
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Descendiendo con suavidad encima de ellos, el bonito platillo argénteo que Gar y Tei tan bien recordaban de su viaje al Laberinto de Saturno se quedó flotando a varios metros por encima de los edificios del pueblito. De inmediato, de su parte inferior y cercano al borde, un disco más pequeño movido por antigravedad se desplazó hasta el suelo, dejando una abertura circular en su casco.
—Hola, Betelgause—lo saludó Metacaballero, a lo que el platillo respondió con una serie de sonidos electrónicos—. ¿Cómo estás, mi estellita prechocha?
Betelgause era el perfecto ejemplo de la elasticidad de formas que podían adoptar los paradisianos nobles. Su cerebro positrónico tenía los mismos patrones combinados que Metacaballero y su esposa, pero su personalidad era totalmente distinta. Su gusto por el espacio y viajar entre las estrellas le hicieron pedir su ampliación y reconversión en aquella especie de ovni, que escondía en su interior variadas tecnologías que le permitían desplazarse con una libertad envidiable por cualquier otro ser inteligente. Betly había sido escogida por Metacaballero como su “taxista” debido a su velocidad inigualable y a su manía casi compulsiva de estar a la última moda en cuestión de tecnología…aunque, siendo sinceros, el rácano vehículo robotizado ahorraba demasiado en cosas que consideraba triviales, como un núcleo de traducción decente. O hablabas binario y tec-neck como cualquier otro paisano o te fastidiabas. O te hacías de un traductor propio, como era el caso de Tei, y listo.
—Listos para embarcar, papá—se escuchó desde la gargantilla de la xenogrifa que decía una voz femenina distinta de la que Tei tenía programada para sí—. El espacio de aquí a Raconis está libre de inconvenientes de cualquier tipo.
—¡Bravo, mi niña!—la celebró Metacaballero—. Eficiente como siempre.
El interior de Betly no había cambiado demasiado de la última vez, aunque ahora tenía sólo tres asientos de factura uluriana, pues la tapicería color crema y rosa adornada por las luces de colores de sus circuitos seguía idéntica. Esto le hacía parecer a la xenogrifa que había abordado una especie de nube de algodón de azúcar llena de arcoiris de luz. Por supuesto, no había consola de vuelo o controles en ningún sitio. Al ser una paradisiana, Betelgause misma era la piloto de su propio cuerpo. Una vez, de visita en Paraíso, Tei la había visto actualizarse en un muelle orbital, y le había parecido raro que su cerebro no estuviera en el centro del disco, sino que fuera una medialuna menguante en su borde. Metacaballero le había explicado, orgulloso, que el centro lo ocupaba un peculiar hipermotor que sólo poseía su especie (en gran medida gracias a haber servido de asilo político a un científico muy importante proveniente de fuera de La Zona), que la joven paradisiana se había ganado tras aceptar ser su transporte personal.
En cuanto estuvieron todos sentados en su interior, Betelgause despegó y abandonó Uluria en pocos minutos. En el espacio, la paradisiana activó su preciado hipermotor…y casi de inmediato estuvieron frente a otro planeta, sin apenas trancisiones. Este lucía un poco más verdoso con un continente al norte y algunos arcos de islas grandes que se extendían de este, dándole en general la forma de una criatura cuadrúpeda gigante dibujada sobre el lienzo del único océano del planeta. Betly le dió algunas velocísimas vueltas al planeta y se dirigió al continente. Allí se deslizó por entre las nubes como un freesbee juguetón hasta alcanzar lo que parecía un campus universitario construido a manera de un castillo, aprovechando una elevación que dominaba la zona. Despacio, el disco plateado descendió hasta el centro del complejo, donde quedó flotando sobre la mullida hierba.
—Ya llegamos—anunció Metacaballero, dirigiéndose al ascensor tras desabrochar su cinturón de seguridad.
Gar y Tei se incorporaron también, un poco malhumorados. Siempre les molestaba que sus viajes espaciales con el androide durasen tan poco.
—¡Bycito, trío!—sonó la voz medio kawai de Betly por la gargantilla de Tei—. Me voy a dar una vueltita por el sistema. Si quieren algo, sólo díganle a papi. ¡Chao!
Y acto seguido, el platillo se perdió a toda velocidad en el cielo.
—Presumida…—gruñó por lo bajo Tei, poniendo cara de disgusto mientras seguía a Gar.
El trío avanzó con tranquilidad por el campus…hasta que los estudiantes se percataron de quien era el robot casi diminuto que acompañaba a los dos gigantes.
—¡Ya basta, muchachos! ¡Tengo autógrafos para todos! ¡Quietos! ¡Quietos!
Desde una distancia prudencial, Gar y Tei observaron la típica escenita de los fans de Metacaballero, compartiendo ambos por primera vez la misma expresión avergonzada.
—No puede evitarlo—sintieron de pronto la voz sintetizada por otro traductor heurístico tras ellos—. Es toda una súperestrella, mi querido e inspirador héroe legendario.
Al girarse, los sorprendió la figura de otro xenogrifo. A diferencia de Tei, este era más alto, su piel tenía un tono verde un poco apagado y con manchas aquí y allá, vestía un raro traje con goguera de plumas y sus ojos eran más amarillos que azules, lo que indicaba que era un xenogrifo del continente central de Myè´Tánj, Groiyar. Sin embargo, su principal detalle eran sus alas. Estas eran enormes, cada una de seis metros o algo más de largo y, a diferencia de lo que habían visto ambos en otros xenogrifos, las de este eran plateadas, como si las tuviera formadas por cientos de espejos alargados.
—¿Quién es usted?—preguntó Tei, curiosa de que otro xenogrifo no le echara en cara de inmediato el no tener alas y parecer “gorda” para los estándares de su especie.
—Mi nombre es Idris Plumaespejo. Soy el decano de este campus, la universidad de Termadis.
—Pues mi nombre es Tei par Serimald. Un gusto. Y este uluriano de aquí es Garman Habriagupta, aunque suelen llamarlo “Llama Maldita” por su poder. Yo sólo le digo “Gar-Gar”.
—Oh, veo que ya se toparon con mi amigo—dijo tras ellos Metacaballero, librado al fin de sus fanáticos—. Él es a quien venimos a ver, muchachos.
—Acompáñenme, si son tan amables—dijo el xenogrifo, quien de un ágil salto se elevó en el aire.
Un poco más tarde, acomodados en la sala de visitantes del edificio que ocupaba Idris, los cuatro conversaban.
—Así que perdiste tus alas en un accidente. ¡Pobrecilla! Siendo sincero, yo no sabría que hacer sin las mías—dijo Idris, tocando con cariño su ala izquierda.
Tei se puso de color magenta casi por completo.
—Sería un honor tenerte como su nuevo tutor, Idris—sugirió Metacaballero.
—¡Eh! ¡Que estoy bastante mayorcita para tener niñero, hojalata!—bufó Tei, cruzándose de brazos.
Idris sonrió, conciliador… enseñando su poderosa dentadura de cazador a la manera humana en lugar de reír con los ojos compo todo buen xenogrifo que intentara no espantar a un batallón.
—No sería tu niñero, querida. Sólo tu…”asesor de costumbres xenogrifas”. Viviste mucho tiempo entre los zaa´ik, así que desconoces la mayoría de costumbres de xenogrifos completos. ¿Me equivoco?
Tei negó con la cabeza. Sin embargo, a su lado, Gar estaba serio. De hecho, lo estaba desde que Idris había hablado por primera vez. Metacaballero se percató al fin de la expresión asesina del uluriano y, pidiendo la palabra, dijo:
—Oye, muchacho, Idris no está coqueteando con tu chica; de hecho, creo que hasta ella lo ve.
—¿A qué te refieres?
—Idris es demasiado mayor para ser un partido entre los xenogrifos. La muestra son sus alas plateadas. Si mal no recuerdo, mi viejo amigo Alyer adquirió unas idénticas cuando pasó de los sesenta años.
—¿¡Sesenta!?—se quejó el uluriano—. ¡Es más joven que yo!
Metacaballero rió con ganas.
—Viven en escalas de longevidad distintas, muchacho—dijo, en cuanto pudo dejar de reír—. Para un xenogrifo, tener esa edad es como que tú tuvieras unos doscientos ochenta y siete años. O sea, eres demasiado viejo como para trabajar y te tienes que quedar en casita, jubilado. Aunque, siendo sincero, yo tengo unos quinientos y aún así soy joven…mayormente porque intento tener piezas nuevas siempre que puedo, jejé. Soy un maldito Barco de Teseo.
—Mis plumas espejadas son incapaces de mimetizarse…y eso, en la sociedad xenogrifa, se considera signo de debilidad. Las hembras reproductoras te ignoran. Los machos jóvenes intentan matarte cada vez que pueden. Los príncipes, como fue el caso del Primero (a quien Metacaballero llamó por su nombre de camada, Alyer) se suelen sacrificar en un duelo ritual con el nuevo monarca antes de mostrar más signos de vejez. Los eruditos como yo nos exiliamos a mundos donde no impere la ley xenogrifa o a lo alto de las montañas o a lugares donde podamos pasar nuestro saber a nuevas generaciones.
—Y por eso estás aquí—dijo Tei, solemne.
Idris asintió.
—Aceptaré ser tu tutor, si me dejas serlo. Te falta un poco de práctica antes de poder casarte por nuestros ritos.
Pero antes de que Tei aceptara, el sonido metálico de Metacaballero incorporándose hizo saltar a todos.
—Acabo de llamar a Betelgause. Nuestra próxima visita acaba de salir de su jornada laboral en estos momentos, así que debemos apurarnos antes de que active las barreras antiintrusos de su casa. ¿Qué van a hacer?
—Acepto, abuelo Idris—dijo Tei, sonriendo con los ojos—. Sería un gusto tener a un xenogrifo de verdad como familia. Sólo espero que tener a una mujer de diecinueve como yo de “hija adoptiva” no lo haga sentirse muy mayor.
El viejo xenogrifo la imitó. Parecía bastante feliz.
—Mi ala es tu cueva, aprendiz. Aunque no tengas alas propias…
—Yo no estaría tan segura, profe…—lo contradijo Tei, sacando un colgante con una estrella roja. De su espalda brotaron grandes alas espectrales rojizas.
—Un viejo recuerdo del Laberinto de Saturno.
En eso, el suave sonido que hacía Betly al volar les avisó de su llegada.
—¡En marcha! Que el viaje es largo.
(Continuará)
Cerebros positrónicos: me transmitió directamente a Isaac Asimov
Esa es la idea. Aún no decido la arquitectura final de los Núcleos Fundador que hacen de cerebro a los robots autoconscientes de mi lore.