Hispaliterario 6 / El sueño del niño Galileo / The dream of the Galileo child / @oacevedo

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Hola, estimados compañeros de Hive, de @hispapro y de @hispaliterario. Con la siguiente historia hago mi participación en el Concurso Hispaliterario 6 / Hive in movement donde he podido disfrutar la lectura de magníficas intervenciones.
Quedo muy agradecido por la oportunidad que ustedes nos brindan para que mostremos en este espacio nuestras aptitudes creativas. Saludos.


El sueño del niño Galileo

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Victoria_Art, en Pixabay

Hace mucho, mucho tiempo, cuando la tierra se encontraba a oscuras todavía y en pañales, un niño estaba creciendo muy lindo y estudiando. Ese niño se llamaba Galileo. El día que Galileo cumplió nueve años el único regalo que les pidió a sus queridos padres fue que le permitieran hacer una casita en el árbol de manzanas que daba frutos magníficos en el patio de su casa.

─¿Galileo, para qué quieres hacer una casita en el árbol de manzanas? ─le preguntaron sus padres, curiosos por el deseo del infante. Galileo, que era un peque que no se conformaba con mirar las cosas que estaban en su entorno y nada más, les respondió: ─Quiero un lugar muy alto para observar qué hay más allá de las cuatro paredes que limitan nuestro pequeño hogar. Eso fue lo que les respondió Galileo a sus padres, aunque la morada era más o menos grande.

Galileo era despierto y muy avispado. Él era un chiquillo tan bonito, tan bonito, que cantaba, que era amigo de las aves, que cocinaba, pero de todas las tareas que hacía lo que más le gustaba era ir a la escuela. Galileo siempre les llevaba a sus maestros relucientes manzanas recogidas por él mismo porque estaban al alcance de sus manos en su casita del árbol.

Galileo gozaba mucho de aprender sobre cualquier cosa, pero lo que más le llamaba la atención era aquello que no podía ver a simple vista; por esa razón sentía mucha curiosidad por los oscuros secretos del cielo.

Así fue pasando el tiempo y Galileo crecía mirando siempre a las estrellas. Viniendo un día de regreso del colegio, Galileo tenía los ojos fijos en las alturas mientras caminaba y tal vez por eso se tropezó con una de las muchas piedras que en aquel entonces había en los caminos.

Pero en vez de soltarse a llorar o de quejarse por su mala suerte Galileo se emocionó al ver en el suelo, muy cerca de sus ojos, un pedazo de cristal resquebrajado que arrojaba rayos de muchos colores. Galileo se levantó, se sacudió el polvo del pantalón, agarró sus libros y cuadernos, tomó el vidrio tornasolado y se fue muy contento, caramba, para su casa, con el bonito tesoro que había encontrado.

En aquellos tiempos la tierra estaba a oscuras y en pañales todavía, como ya se dijo al comienzo. En la escuela, en las calles, en los mercados y en los monasterios aún había quienes comentaran que el mundo era un plato inmóvil en el centro de la bóveda celeste, soportado por cuatro elefantes sobre una monstruosa tortuga marina.

El día que cumplió doce años Galileo fue con Luna, su gatica callejera que lo seguía a todas partes, al campo para ver las flores y los insectos que ya anunciaban la llegada de la primavera en su mayor esplendor y su enloquecida belleza.

Al atardecer cenó con sus padres y sus hermanos. Después subió a su casita del árbol y se quedó durante horas y horas contemplando la brillante oscuridad. Entre las ramas las manzanas eran como estrellas y las estrellas eran como manzanas que se podían tocar con las manos.

Esa noche Galileo soñó que viajaba con Luna por el firmamento. Iba en una nave hecha con el cristal que encontró aquel día cuando tropezó en la calle. Pero este era un instrumento grande, brillante y circular que le permitía ver las cosas más lejanas que nadie nunca había visto.

Galileo navegó por un gran tazón de leche donde giraban sin parar grandes nubes de estrellas como si fueran conchitas de cereal. Presenció el nacimiento de un príncipe refulgente llamado Sol. Vio al tiempo doblarse, caer y salir de nuevo sacudiéndose desde un profundo hoyo negro. Probó un poquito del polvo sideral y le recordó al sabor de las galletas que le hacía su mamá. Esas maravillas y más, muchas más, experimentó Galileo en su periplo por el colosal espacio de la naturaleza.

Y vio Galileo que el universo era como el árbol de manzanas donde él había construido su casa. Igual que su árbol el universo tenía raíces muy profundas en el misterio, como el sueño mismo. Y vio Galileo que la luz salía de las sombras para reverdecer las innumerables ramas que se extienden hacia el vacío sin fin donde florecen manzanas y estrellas.

Viajó tanto Galileo en su nave onírica que llegó adonde está Dios. Galileo y Dios estaban sentados en el confín de las distancias desde donde se podían contemplar las sopotocientas mil millones de estrellas flotando sempiternas en un ilimitado estanque. Y supo Galileo que Dios también era un niño curioso como él.

Como Galileo tenía alma de viajero impenitente le pidió a Dios, por favor, que lo llevara más allá, que le mostrara lo infinito. Entonces Dios, para complacer a Galileo, sacó de su biblioteca un viejo libro con cubierta color sepia y páginas de papel cebolla. Y le mostró, orgulloso hasta las orejas, a Galileo las magistrales ilustraciones que él había hecho a su divino pulso donde se apreciaban todas las cosas creadas y las que aún están por crear.

Incluso Galileo se vio a sí mismo en las páginas del antiguo libro, durmiendo dentro de su casita en el árbol, cerca de él ronroneaba la Luna y en derredor de ellos el viento sacudía deliciosas manzanas que brillaban como estrellas.

Entonces Galileo le inquirió a Dios en el sueño: ─Dios, si yo estoy allá durmiendo en mi casa de árbol ─Galileo se escuchó a sí mismo cuando pronunciaba estas palabras─, ¿cómo es que estoy aquí conversando contigo? Dios hizo un gesto afirmativo con la cabeza, esbozó una sonrisa y le respondió: ─Porque tu casa del árbol está allá, anidada en la tierra, y sin embargo…─, pero justo cuando Dios iba a terminar la oración Galileo se despertó. Abrió los ojos feliz, fascinado y conmovido.

Miró a Luna que dormía ovillada cerca de él. Se quedó cavilando un largo rato en el sueño que había tenido para no olvidarlo jamás. Además, tenía dentro de su cabeza dando vueltas la frase que Dios no tuvo tiempo para terminar. Entonces el niño Galileo salió de su cama, abrió la ventana de su casa en el árbol, inspiró profundo al cielo y dijo en voz muy baja: “...y sin embargo, se mueve”.

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AkikioNagamatsu, en Pixabay
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Hello, dear fellow members of Hive, @hispapro and @hispaliterario. With the following story I am participating in the Concurso Hispaliterario 6 / Hive in movement where I have been able to enjoy reading magnificent interventions.
I am very grateful for the opportunity you give us to show in this space our creative skills. Best regards.


The dream of the Galileo child

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Victoria_Art, en Pixabay

A long, long time ago, when the earth was still dark and in diapers, a little boy was growing up very cute and studying. That child's name was Galileo. On Galileo's ninth birthday the only present he asked his dear parents for was to let him make a little house in the apple tree that bore magnificent fruit in the yard of their house.

─Galileo, what do you want to make a little house in the apple tree for? ─asked his parents, curious about the infant's desire. Galileo, who was a little boy who was not satisfied with just looking at the things around him and nothing more, answered: ─I want a very high place to observe what is beyond the four walls that limit our little home. That was what Galileo replied to his parents, although the dwelling was more or less large.

Galileo was alert and very sharp. He was such a pretty little boy, so pretty, who sang, who was a friend of the birds, who cooked, but of all the chores he did what he liked most was going to school. Galileo always brought his teachers shiny apples that he picked himself because they were at his fingertips in his tree house.

Galileo enjoyed learning about everything, but what most attracted his attention was what he could not see with the naked eye; for that reason he was very curious about the dark secrets of the sky.

So time went by and Galileo grew up always looking at the stars. One day on his way home from school, Galileo's eyes were fixed on the heights as he walked and perhaps that's why he tripped over one of the many stones that were on the roads at that time.

But instead of bursting into tears or complaining about his bad luck, Galileo was thrilled to see on the ground, very close to his eyes, a piece of cracked glass that threw out rays of many colors. Galileo got up, dusted off his pants, grabbed his books and notebooks, took the shattered glass and went home with the beautiful treasure he had found.

In those days the earth was still in darkness and in diapers, as mentioned at the beginning. At school, in the streets, in the markets and in the monasteries there were still those who commented that the world was a motionless plate in the center of the celestial vault, supported by four elephants on a monstrous sea turtle.

On his twelfth birthday Galileo went with Luna, his stray cat who followed him everywhere, to the countryside to see the flowers and insects that already heralded the arrival of spring in its greatest splendor and maddening beauty.

In the evening he had dinner with his parents and siblings. Then he climbed up to his tree house and stayed for hours and hours gazing into the shimmering darkness. Between the branches the apples were like stars and the stars were like apples that you could touch with your hands.

That night Galileo dreamed he was traveling with Luna through the firmament. He was in a ship made of the crystal he found that day when he stumbled in the street. But this was a large, shiny, circular instrument that allowed him to see things farther away than anyone had ever seen before.

Galileo navigated through a large bowl of milk where great clouds of stars whirled endlessly like cereal shells. He witnessed the birth of a shining prince called the Sun. He saw time bend, fall and come out again shaking from a deep black hole. He tasted a little bit of the sidereal dust and it reminded him of the taste of the cookies his mother made for him. These wonders and more, many more, Galileo experienced on his journey through the colossal space of nature.

And Galileo saw that the universe was like the apple tree where he had built his house. Like his tree the universe had roots deep in mystery, like the dream itself. And Galileo saw that light came out of the shadows to green the innumerable branches reaching out into the endless void where apples and stars bloom.

Galileo traveled so far in his dream-ship that he arrived where God is. Galileo and God were seated at the edge of the distances from where one could contemplate the sopototocientos billions of stars floating sempiternal in a limitless pond. And Galileo knew that God was also a curious child like himself.

As Galileo had the soul of an impenitent traveler, he asked God, please, to take him beyond, to show him the infinite. Then God, to please Galileo, took out of his library an old book with a sepia-colored cover and onion-paper pages. And he showed Galileo, proud to his ears, the masterly illustrations that he had made to his divine pulse where all things created and those yet to be created were appreciated.

Galileo even saw himself in the pages of the ancient book, sleeping inside his little tree house, near him the moon was purring and around them the wind was shaking delicious apples that shone like stars.

Then Galileo asked God in the dream: ─God, if I am there sleeping in my tree house─Galileo heard himself as he uttered these words─ how is it that I am here conversing with you? God nodded his head in the affirmative, sketched a smile and answered him: ─Because your tree house is over there, nestled in the earth, and yet...─, but just as God was about to finish the sentence Galileo woke up. He opened his eyes happy, fascinated and moved.

He looked at Luna who was sleeping curled up next to him. He pondered for a long time on the dream he had had, never to forget it. Besides, he had inside his head the sentence that God did not have time to finish. Then the boy Galileo got out of bed, opened the window of his tree house, took a deep breath to the sky and said in a very low voice: "...and yet, it moves.

Translated with www.DeepL.com/Translator (free version)

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AkikioNagamatsu, en Pixabay

Aunque sé que queda poco tiempo para el cierre del concurso,
invito a participar a @gracielaacevedo, @gemamaru y @evagavilan2.
Si no pudieran hacerlo en esta oportunidad, al menos
prevenirlas para la próxima edición.

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8 comments
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Muchos piensan que así es el mundo de los sueños, desligado de la realidad. Pero a veces, solo a veces, un sueño puede iluminarnos el futuro... Cuándo estudiaba matemáticas abstractas y no daba con la solución de un problema, me acostaba y soñaba resolviendo el problema y dando con la solución; despertaba e de inmediato cogía un papel y vaciaba en la él solución obtenida en el sueño.

Cuando iniciaste el relato, instintivamente me acordé de "El Principito". Suerte con su entrada...

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Estoy de acuerdo con usted, @profzonder. En algunas ocasiones los sueños son revelaciones que de manera misteriosa vienen a nosotros para señalarnos la posible solución a algún asunto que nos ocupa la mente.
Muchas gracias por su asertivo comentario. Saludos.

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Cómo no amar la inocencia de Galileo y a la vez admirar su curiosidad.

“...y sin embargo, se mueve”.

Abrió puertas y cambió mundos. Tal cual intentas hacer tú con este hermoso regalo.

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Siempre es un gran placer encontrar tus buenos comentarios en esta ventana, mi buena amiga @evagavilan2.
Te saludo, agradecido.

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Un hermoso relato que retrata la curiosidad de un niño; de Galileo, que dichos sea de paso fue un ser infinito por su deseo de aprender. Un relato con hermosas imágenes literarias.

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Muchas gracias, @hispaliterario, por su agradable comentario. Me ha gustado mucho le experiencia del concurso. Saludos.

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