La caída de Ícaros (Relato) / The Fall of Icarus (Story) / @oacevedo

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La caída de Ícaros

Hay lágrimas en las cosas y tocan a lo humano del alma
Virgilio

Martín Sansón hace corretear su mirada en el espacio de la vasta y hermosa explanada donde sobrevuela una multitud de parapentes de diversos colores, pintando un extraordinario paisaje de ensueño en el encumbrado escenario de Las Colinas Frescas. Observando el desplazamiento de las teñidas aves de tela sintética, él siente deseos irrefrenables de lanzarse al vacío. Nive Zurbarán, su esposa y entrañable socia de andanzas, sujetando la silla a sus espaldas, sabe de la tormenta que se produce en su mente. Nive Zurbarán tiene absoluto conocimiento de las emociones dolorosas y contradictorias que Sansón está padeciendo en estos momentos.

Aquel jueves 19 de agosto, hace cuatro años, el grupo al que ellos pertenecían: Ícaros, se había dado cita en este mismo lugar para extender el abanico de sus programas en las alas de la libertad. El equipo estaba conformado por 3 hombres y 3 mujeres que habían apostado todas sus fichas a una sola carta, a convertir a esta tierra en su cielo. El reloj marcaba las 2 y 33 minutos de la tarde cuando Sansón y Nive descendieron de su vehículo y empezaron a revisar los enseres de sus planeadores. Un rato después llegaron Pita, Axier y Catalina. A las 3 y 15 pm, Manzo Cortés fue el último en presentarse a la cita de aquella tarde en Las Colinas Frescas. Llegó pálido, con los ojos hundidos y los labios purpúreos como si se los hubiera mordido tanto que estaban a punto de explotar.

El sitio de lanzamiento en Las Colinas Frescas queda a 1.670 metros sobre el nivel de mar, unos 5.480 pies de altura, aproximadamente. Hay 1.093 metros de desnivel hasta el asentamiento de aldeanos conocido como Los Gritos, el lugar de aterrizaje. Son casi 9 kilómetros de trayecto, lo que representaría, un poco más o un poco menos, alrededor de cuarenta minutos de vuelo. Aquí la temperatura media suele oscilar entre los 15 y 23°C. Desde El salto del ángel, nombre con el que se conoce la terraza de partida, se domina el maravilloso paisaje del valle protegido por las formidables montañas verdes en contrastantes relieves. Debajo se distingue, como una dilatada serpiente, el Río Lagarto, que viene de lugares remotos discurriendo entre cañones, reptando sinuoso entre extensos arenales y otros recodos de la topografía regional con lejanos destellos de plata y oro.

La bandada de Ícaros había concertado en una reunión preparatoria el inicio del vuelo a las 5 y 30 minutos de la tarde, cuando los vientos del este alcanzan en los días regulares una velocidad promedio de 46 km/h. Todos ellos estaban ansiosos, segregando emociones por la piel, como siempre que iban que saltar. Pero ese día, en particular, la adrenalina se despeñaba entre sus nervios a mil kilómetros por hora, porque las autoridades ambientales habían alertado en un boletín informativo de la posibilidad de vientos más fuertes que los habituales debido a una borrasca tropical que se desarrollaba en las adyacencias de Las Colinas Frescas.

Cerca de las 4 pm, ellos inspeccionaron en conjunto los aparejos de todos los integrantes del team y al final le dieron el visto bueno al reconocimiento. Ahora solo es cuestión de esperar a que llegue la hora señalada, afirmaron. Un rato después Martín Sansón haló por los brazos a Manzo Cortés separándolo de los otros compañeros y, buscándole la mirada, le preguntó qué le pasaba, cuál era la razón de que tuviera los ojos así, tan abollados, y el rostro demacrado. Manzo, desviando al momento la vista hacia unos pedruscos que estaban cerca de sus pies le respondió, forzando una sonrisa, que nada, que todo estaba perfectamente bien, que no se preocupara, que había pasado una noche de perros con molestias abdominales, que solo era eso y nada más. Al siguiente instante, con el ánimo recobrado de repente, poniéndole a Sansón ambas manos sobre los hombros, le expresó, ya estoy listo, amigo, y preparado para dar el salto.

Martín Sansón fue el último en abalanzarse desde El Salto del ángel con su aerodeslizador ultraliviano. Él no pierde de vista a sus otros colegas, sin embargo no puede dejar de pensar en Manzo Cortés. Lo observa con mucha atención planear su aeronave de vela negra y fucsia deslumbrante. Él sabe que de todos los Ícaros, Manzo es por mucho margen el integrante más extremo. Manzo Cortés es de una personalidad ardiente, intensa, desaforada. En toda experiencia que enfrenta pretende beberse la vida a sorbos largos. Sin interés por la bucólica belleza del paisaje que destella en su entorno, Sansón recuerda que hace apenas tres meses, cuando juntos tomaban café en su casa de ermitaño, Manzo le había confesado que tenía algún tiempo sintiendo violentos padecimientos estomacales y mareos continuos que lo condujeron, a regañadientes, a asistir al consultorio médico.

Como a la mitad del recorrido de súbito el viento enloqueció. Unas húmedas ráfagas de aire parecieron llegar desde distintas direcciones y se arremolinaron entre las montañas haciendo zarandear las fibras de los parapentes. Las nubes se ensombrecieron y el frío se hizo más penetrante. Al salir del asombro por el repentino cambio atmosférico, Martín Sansón se comunica de manera inmediata por medio de la radio con Nive, Axier, Catalina y Pita, quienes le responden que tienen la situación controlada. Pero después de varios intentos no logra establecer correspondencia con Manzo a través de las ondas radiales.

Sansón lo ve a su izquierda, empujado de forma precipitada por las corrientes que lo arrastran hacia las montañas. Al principio Sansón no alcanza a comprender por qué Manzo no utiliza los mandos del parapente, por qué no dobla la vela hacia abajo para tratar de evitar en la mayor medida la presión de las fuertes brisas, por qué no inclina su cuerpo hacia la derecha para modificar la carga alar y salir del campo de la turbulencia, por qué… De pronto la respuesta a sus interrogantes le golpea en la frente en forma de revelación. Martín Sansón recuerda las últimas palabras que Manzo le manifestara durante la conversación que sostuvieron: ya estoy listo, amigo, y preparado para dar el salto. Martín Sansón entiende finalmente. El secreto que Manzo ha guardado está allí, expuesto en esa oración de dual significado.

Sin pensar en nada más, Sansón hace de manera brusca una torsión con su cuerpo impulsándose hacia la dirección de Manzo. Sansón advierte, con el corazón en la boca, que el aeroplano de Manzo va sin control aproximándose cada vez más a la montaña. Sansón calcula la distancia que los separa y a cada soplo de viento trata de ganar la mayor cantidad posible de terreno para rescatar a su aliado de aventuras en el aire. Sansón recurre a todas las maniobras conocidas, incluso da gritos frenéticos esperando que Manzo lo escuche y corrija el rumbo. Los vientos rugen fuerte, se encrespan de nuevo en el ambiente del valle y Sansón lucha contra ellos con todo el vigor de su alma.

Después de cuatro años duros de ausencia, Nive Zurbarán y Martín Sansón han regresado a Las Colinas Frescas. El día de hoy está soleado, precioso, radiante. El cielo azul se encuentra como de fiesta con esas nubes blancas y gráciles que avanzan por el éter sin ningún obstáculo. Sansón está avanzando en su delicado proceso de rehabilitación física y emocional después del impacto contra la montaña que fracturó su espina dorsal en varias partes aquel día y significó la jornada más dolorosa de su vida. Ícaros ha caído, el grupo se ha derrumbado. La memoria de Manzo Cortés gravita perenne en la fugacidad del aire. Martín Sansón sueña con volver a lanzarse al vacío desde El salto del ángel para rendirle el mejor homenaje al amigo. Nive Zurbarán lo sabe. Nive Zurbarán sujeta con seguridad la silla de ruedas de Martín Sansón mientras ve rodar por sus mejillas las lágrimas de lo sucedido.

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The fall of Icarus

There are tears in things and they touch the human soul
Virgil

Martín Sansón makes his eyes run in the space of the vast and beautiful esplanade where a multitude of paragliders of different colors fly over, painting an extraordinary dreamlike landscape in the lofty setting of Las Colinas Frescas. Observing the movement of the dyed synthetic fabric birds, he feels an irrepressible desire to launch himself into the void. Nive Zurbarán, his wife and endearing partner in adventures, holding the chair behind him, knows of the storm that occurs in his mind. Nive Zurbarán is fully aware of the painful and contradictory emotions that Samson is experiencing right now.

That Thursday, August 19, four years ago, the group to which they belonged: Ícaros, had met in this same place to extend the range of their programs on the wings of freedom. The team was made up of 3 men and 3 women who had bet all their chips on a single card, to turn this land into their heaven. The clock read 2:33 p.m. when Samson and Nive got out of their vehicle and began to check the equipment of their gliders. A while later Pita, Axier and Catalina arrived. At 3:15 pm, Manzo Cortés was the last to show up for the appointment that afternoon at Las Colinas Frescas. He arrived pale, with sunken eyes and purple lips as if he had bitten them so badly they were about to explode.

The launch site in Las Colinas Frescas is 1,670 meters above sea level, approximately 5,480 feet high. There is a 1,093 meter drop to the villagers' settlement known as Los Gritos, the landing site. There are almost 9 kilometers of journey, which would represent, a little more or a little less, around forty minutes of flight. Here the average temperature usually ranges between 15 and 23°C. From El Salto del Ángel, the name by which the starting terrace is known, you can see the marvelous landscape of the valley protected by the formidable green mountains in contrasting reliefs. Below you can see, like a long snake, the Lagarto River, which comes from remote places running between canyons, sinuously creeping between extensive sandbanks and other corners of the regional topography with distant flashes of silver and gold.

The Icarus flock had agreed in a preparatory meeting to start the flight at 5:30 in the afternoon, when the easterly winds reach an average speed of 46 km/h on regular days. All of them were anxious, secreting emotions through their skin, as they always did when they were going to jump. But on that day, in particular, the adrenaline rushed through his nerves at a thousand kilometers per hour, because the environmental authorities had warned in an informative bulletin of the possibility of stronger winds than usual due to a tropical storm that was developing in the adjacencies of Las Colinas Frescas.

Around 4 pm, they jointly inspected the rigs of all the members of the team and in the end they gave the approval to the recognition. Now it's just a matter of waiting for the appointed time to come, they said. A while later, Martín Sansón pulled Manzo Cortés by the arms, separating him from the other companions and, looking for his eyes, asked him what was wrong, what was the reason that his eyes were like that, so dented, and his face gaunt. Manzo, immediately diverting his gaze to some boulders that were near his feet, replied, forcing a smile, that nothing, that everything was perfectly fine, that he shouldn't worry, that he had spent a dog's night with abdominal discomfort, that he just It was that and nothing more. The next moment, his spirits suddenly recovered, putting both hands on Samson's shoulders, he told him, I'm ready, friend, and prepared to take the leap.

Martín Sansón was the last to pounce from El Salto del Ángel with his ultralight hovercraft. He does not lose sight of his other colleagues, however he cannot stop thinking about Manzo Cortés. He watches him intently as he glides his airship with its dazzling black and fuchsia sail. He knows that of all the Icaros, Manzo is by far the most extreme member. Manzo Cortés has an ardent, intense, wild personality. In every experience he faces he intends to drink life in long gulps. Without interest in the bucolic beauty of the landscape that sparkles in his surroundings, Sansón remembers that just three months ago, when they were having coffee together in his hermit's house, Manzo had confessed to him that for some time he had felt violent stomach ailments and continuous dizziness that led him reluctantly, to attend the doctor's office.

About halfway through the course the wind suddenly went crazy. Moist gusts of air seemed to come from different directions and swirled through the mountains, shaking the fibers of the paragliders. The clouds darkened and the cold became more penetrating. Coming out of astonishment at the sudden atmospheric change, Martín Sansón communicates immediately via radio with Nive, Axier, Catalina and Pita, who tell him that they have the situation under control. But after several attempts he fails to establish correspondence with Manzo through the radio waves.

Samson sees him to the left of him, pushed headlong by the currents that carry him towards the mountains. At first, Samson is unable to understand why Manzo does not use the paraglider controls, why he does not fold the glider down to try to avoid the pressure of the strong breezes as much as possible, why he does not lean his body to the right to modify the wing loading and get out of the field of turbulence, why... Suddenly the answer to his questions hits him in the forehead in the form of a revelation. Martín Sansón remembers the last words that Manzo told him during their conversation: I'm ready, friend, and ready to take the leap. Martin Samson finally understands. The secret that Manzo has kept is there, exposed in that sentence of dual meaning.

Thinking of nothing else, Samson abruptly twists his body, propelling himself in Manzo's direction. Sansón notices, with his heart in his mouth, that Manzo's airplane is going out of control, getting closer and closer to the mountain. Samson calculates the distance that separates them and at each gust of wind he tries to gain as much ground as possible to rescue his ally from adventures in the air. Samson resorts to all known maneuvers, even screaming frantically hoping that Manzo will hear him and correct course. The winds roar loudly, rising again in the air of the valley, and Samson fights them with all the vigor of his soul.

After four hard years of absence, Nive Zurbarán and Martín Sansón have returned to Las Colinas Frescas. Today is sunny, beautiful, radiant. The blue sky is like a party with those white and graceful clouds that advance through the ether without any obstacle. Samson is advancing in his delicate process of physical and emotional rehabilitation after the impact with the mountain that fractured his spine in several places that day and meant the most painful day of his life. Icarus has fallen, the group has collapsed. The memory of Manzo Cortés gravitates perennially in the fleetingness of the air. Martín Sansón dreams of launching himself into the void again from El Salto del Ángel to pay the best tribute to his friend. Nive Zurbarán knows it. Nive Zurbarán safely holds Martín Sansón's wheelchair while she sees the tears of what happened roll down his cheeks.

>Translated with Google Translator


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Manzo y Sansón, ambos lo sabían, lo sufrieron y dejaron una representación de lo que sígnica la vida y la muerte, pasando por los bemoles del transitar por este mundo. Excelente como siempre y conmovedor relato.
Un abrazo! @oacevedo

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Gracias, @evagavilan2 . Siempre es motivo de alegría encontrar tus reconfortantes palabras en esta ventana.
Recibe de mí, amiga mía, un gran abrazo.

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