EL PERRO DE B. BUSH

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EL PERRO DE B. BUSH
(Lipograma sin la vocal «a»)

MISTRESS B. BUSH (cónyuge del presidente de los EE. UU.) tiene un perro cuyo nombre es Millie. Lo menciono, no por tener ese nombre, que por cierto creo que no es feo, sino porque es el núcleo de este cuento.
     El hecho es que siendo Millie el perro de los presidentes, me pregunté: ¿qué pudo querer este precioso espécimen que no le fuese concedido?
     En todo su tiempo ¿qué bienes deseó Millie que no le fueron servidos de un modo súbito?
     Eso me pregunto y les pregunto y seguro estoy de que ustedes, lo mismo que yo coinciden en responder: todos. Porque luce como muy cierto que un perro cuyo dueño es rico y que digo rico, riquísimo, debe tener, por supuesto, todo lo que flote o pese en el mundo de los seres felices, como juegos electrónicos que rompen el tedio, coches con chofer, dormitorios espléndidos donde el sueño se convierte en un gozo inmenso, frutos dulces y jugosos venidos de todos los sitios del globo, postres exquisitos, todo, todo. Incluso licores excelsos y diversos, vinos espumosos, rones envejecidos en robles duros y olorosos, wiskis divinos de precios prohibitivos, por decir solo un pequeño ejemplo de lo que se sirve en estos predios exclusivos.

     Bien, todo eso lo tuvo Millie, sí señor.
     Y ese tesoro poseído, esos lujos eternos pueden inducirnos en el error de creer que Millie fue un perro feliz. Pero eso no es cierto de ningún modo.
     Millie, lo confieso con inmenso dolor, no fue feliz con los bienes obtenidos. No fue feliz con ello y por eso no quiso proseguir ese régimen de semidiós que todo lo puede y todo lo consigue sin ningún esfuerzo. Se negó. Entonces pienso confundido: ¿No lo quiso porque se volvió loco?, ¿cretino?, ¿estúpido? No señores, no. Ese ilustre perro no se volvió loco, ni cretino, ni estúpido porque no tuvo ninguno de esos defectos. Simplemente no siguió por ese derrotero porque comprendió que el supremo concepto del ser feliz surge del sentido de ser libre.
     Yo estoy muy conforme con eso, señores. Yo creo que debe ser de ese modo. Por mucho que nos resulte ilógico debemos entender que ser feliz supone convivir consigo mismo, con lo que bulle en nuestro interior, con el sentido de nuestro propio ser.

     Eso pensó y creyó Millie, y en un momento preciso, sorprendiendo unidos sus dueños y señores, los miró fijo con sus profundos ojos y sin permitirles huir de ese minuto sorpresivo les dijo con su fuerte y rugiente voz:
     Excúsenme, señores, pero he creído conveniente decirles que me luce muy estúpido ser perro y no poder morder ni gruñir, y es obvio que en el sitio donde vivo los únicos que pueden morder y gruñir son usted, señor presidente, y su consorte. Los otros... chito que te conviene.
     Con el debido comedimiento le expreso mi opinión, mi episteme, de que un perro que se respete, que se estime, que dignifique con orgullo su condición de perro, tiene que ser sobre todo un perro. Y tiene que poder morder y poder gruñir y poder perseguir mininos por el techo enloqueciendo los vecinos con sus ruidos; y como perro debe tener el derecho de expeler su orine en el poste que desee; y dicho medio en secreto, tener el derecho propio de mi especie de poseer mis propios piojos y meterme el diente en el guindocho o donde estos me piquen o mortifiquen, sin que este extremo signifique un hecho obsceno en el concepto de decente que tiene el vulgo.
     Si no dispongo de eso poco sentido tiene mi existir, pues si no vivo libre es porque tengo muerto el espíritu y entonces, señores, no soy un perro como se supone que debo ser, sino un pelele o un mediocre.

     Therefore, Mistress, Mr. President, I´m going out from the White House, to the end of the world, without leisure, but guiltless.

     Millie culminó su curioso discurso, los miró sonriente y huyó veloz como un soplo, perdiéndose en el oscuro pozo nocturno.

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Imagen y texto de Tomás Jurado Zabala
Gracias por sus amables lecturas



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