Eros y Psique | La Infancia de Aquiles | RELATO📕

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En una de esas paradas que hacían los buses para comer, ir al baño y volver al bus, mamá me dijo que tendré un hermanito. Y me explicó que ahora viviremos en Anaco, familia de Ronny, quien era su nuevo novio. Ronny era alto, musculoso con la cara un poco cuadrada cubierta con algunas espinillas. Se la pasaba todas las tardes haciendo paralelas al final del patio. Su casa, más de sus padres que suya, era grande con cuatro cuartos; dos baños, sala, cocina y un despacho. Melania era su mamá, era bajita y se parecía mucho a él. Tenían casi que las mismas espinillas. En cambio; su padre, cuando lo vi sentado en aquella silla mecedora, me sorprendí de lo gordo que era.

Mamá decía entre chistes que se parecía al gorila que salía en Tarzán, negro y gordo, sus manos eran muy grandes al igual que sus pies. Cuando quería irse a su habitación, llamaba a Melania; su esposa bajita, para que lo ayudara a levantarse. Yo lo miraba alzarse de la silla con un movimiento parecido al de un morrocoy grande y pesado. Respiraba forzosamente, y al cabo de unos minutos, podías verlo en su cama acostado, cambiando los canales de la televisión. Eran cuatro hijos que tenía el señor gorila con la señora bajita, contando con Ronny. Maricela era una mujer alborotada, Su voz era chillona y de un volumen que a veces ella no controlaba.
ꟷ¡ay, pero qué catire tan bello!
abrazándome y pegándome sus grandes senos en mi rostro. Me preguntó la edad. Debí haber tenido para entonces unos ocho o nueve años. Mariela; la hermana de Maricela, era una mujer bonita y tranquila. Su cabello liso reposaba en sus hombros y siempre olía a perfume. Me pellizcó los cachetes y me presentó a su única hija; Mélani, sobrina de Maribel, quien era la hermana gorda y alta de la familia, pero no tan gorda como su papá.

Ese día celebraron nuestra bienvenida. Sacaron cajas de cervezas que guardaban en el despacho, mesa para el dominó y equipo de sonido en la entrada. Conocí al tío Jairo que llegó con su hijo Jairito, a quien no le entendía a veces lo que decía, por el acento y lo rápido que hablaba. ꟷrepite otra vez, pero más lentoꟷ le decía, y él se reía, explicándome que bajáramos a una cuadra donde se encontraban unos primos.

Una casa con paredes y techos de zinc. En frente, se encontraba un carrito de perros calientes y Jairito señaló que era de su papá. Rosa, quién estaba a cargo del carrito, era la mamá de Teti y de Juan. Una señora catira pelo amarillo, siempre llevaba pintado sus labios de rojo. ꟷ¡Así que vo, sos el hijo de Ana!ꟷ estirando su brazo para entregarme un perro calienteꟷ Asentí con la cabeza, pegándole el primer mordisco al pan. Estreché muchas manos de amigos y primos que marcaron el comienzo de una nueva etapa. Una etapa en la que mamá cambiaba mucho de humor. ꟷ¡esa es la barriga!ꟷ escuchaba yo, conclusiones que según mis tías afirmaban. Al paso del tiempo a mamá le creció mucho la barriga, y algunas de mis tías, la regañaba porque la encontraban al frente de la casa de Rosa, fumándose un cigarrillo.
ꟷ¡a la verga Ana, vais a seguir fumando, vos sabés que eso te hace daño!
mamá arqueaba los ojos haciéndole saber que le importaba un comino.


Le sacaba humo al cigarrillo y seguido carcajeaba con Rosa, quien estaba sentada a su lado, refrescándose con una cerveza. Yo estaba sentado en la acera, cuando salió Teti por la puerta de su casa, vestida con una faldita corta, tacones rojos de su mamá que le quedaban gigantes, una blusa que le llegaba al ombligo y los labios de un color rojo mal pintado. Rosa y mamá se rieron, mientras Teti, coqueta, jugaba a ser una modelo e intentaba caminar en la acera con el contoneo de una miss, pero trastabillaba a cada paso con el gigante tacón.

Esa tarde, fuimos a la casa de unos tíos que no conocía, según Jairito tenían una piscina. Nos fuimos en el carro del tío Jairo. En el asiento de copiloto iba sentada la mamá de Jairito. Una mujer morena que nunca sonreía, siempre cargaba una cara que dibujaba una molestia, no había un momento en la que esa mujer dejara de fruncir las cejas.
ꟷ¡recoge esa mierda! ¡cuántas veces te he dicho!
Regañaba a Jairito con aquella cara que causaba terror con solo mirarla a los ojos. Era todo lo contrario a mi tío Jairo. Jairo siempre sonreía, era panzón y chupaba cerveza y cualquier tipo de alcohol como una cabra recién nacida. Era el tío de los mejores chistes, nos hacía reír tanto, que una vez Jairito se orinó los pantalones, y yo casi me cago de la risa al ver como Jairito se reía aún con más fuerza después de haberse orinado.

Llegamos a la casa de los nuevos tíos. Una casa de dos pisos con piscina detrás, y más allá un patio por donde pasa un río. Durante el día comimos y nos bañamos en la piscina; Teti, Jairito, Kleiber y Jonatan.

Después llegaron muchos niños más, que venían a celebrar el cumpleaños de Jonatan, el hermano mayor de Kleiber. Esa noche me encontraba sentado en el mueble, después de haber conversado con mamá por el teléfono, asegurándole que me portaría bien. La música invadía el espacio que los niños seguían con sus pasos de baile.
ꟷ¿y vos no bailáis?
preguntó Kleiber, con esa sonrisa que hacía notar la carnosidad de sus encías. Kleiber parecía la versión hombre de Zenaida, pero a un nivel de cizaña más alto. Y la diferencia es que Kleiber poseía una maldad que superaba los límites.
ꟷ¡a verga, levantáte y bailá vo!
Yo negaba diciendo que no sabía, lo cual era muy cierto, pero Kleiber se levantó y tomó de la mano aquella niña que estaba a un lado de la mesa, se vino con ella, diciéndole algo en el oído que hizo mover los brazos de la niña y tomar mi mano, me levantó y llevándome al centro de la pequeña multitud de chicos, le repetí por tercera vez que no sabía bailar.

Pero ella insistió, agarró mi mano derecha y la colocó en su cintura, yo sudaba, y ni siquiera había comenzado. Pero al terminar de poner mi mano izquierda entrelazada con las suyas, comenzamos a bailar aquella música que llamaban merengue.
“Una fotografía, fue lo que me quedó… de aquel bello romance…”
Nunca le había prestado atención a una canción en particular, pero envuelto en una pena que me hacía temblar las piernas, y sintiendo todas las miradas que tocaban mis pies, mi espalda y mis ojos, me adentré en el ritmo y comencé a seguirle sus pasos.

La música siguió, pero yo me detuve por el fracaso que iba creando a medida que intentaba bailar. Teti se reía a lo lejos. Entonces me adentré en la cocina en busca de agua para refrescar mi pena.
ꟷ¡hermano, lo que importa es el billullo! Más nada. ¿Me entendéis?
Lo escuché del señor Jaime, que entraba en la cocina junto con mi tío Jairo. El señor Jaime vestía siempre camisas de vestir, metidas por dentro del pantalón y bien planchadas, usaba perfumes caros y correas con hebillas relucientes. Usaba un reloj en su muñeca izquierda que nunca miraba. Y de vez en cuando sacaba un peine azul de su bolsillo y se lo pasaba dos veces por la cabeza.
ꟷ¡si amarramos bien al chivo, no se nos suelta el mecate!
Se rieron e hicieron un par de chistes en mi presencia. Hablaron acerca de mí, y siguieron su conversación sobre un tal negocio que ellos tenían.

La noche transcurrió entre juegos y bailes, comida y refrescos. Algunas veces salía Mayra de su cuarto; se la pasaba todo el día encerrada. Mayra nunca miraba hacia adelante, solo las veces que le tocaba saludar a alguien o presentarse con alguien. ꟷHola Aquiles, que bonito estásꟷ del resto, su mirada siempre se dirigía hacia su celular.

Jonatan mencionó las cantidades de tarjetas que gastaba en saldo, y las cantidades de libritos que contenían textos que ella copiaba. Jonatan era idéntico a su papá. Sacaba de su bolsillo un peine pequeño y se lo pasaba por la cabeza, vestía igual que su papá, olía igual, incluso, hasta su forma de tratar a las chicas era igual que su papá.
ꟷ¡se las agarré en el patio, las tenía bien suaves y redonditas!
Lo decía con un tono arrogante, riéndose mientras colocaba su mano en nuestros hombros para acercarse y señalar con la boca. Era una chica alta, a la altura de él. debió haber tenido la misma edad que Jonatan, la edad se hacía notar en su blusa que, marcaban sus redondos y pequeños senos, y confirmábamos todos haciendo un sonido con nuestras bocas. Jonatan era el que más levantaba. su hermano Kleiber imitaba sus comportamientos, Pero era de menos experiencia con las chicas.
ꟷpero vení acá, sentáte.
Dando palmaditas en el mueble, mientras Katy, una de las gemelas, se sentaba a su lado y él la rodeaba con los brazos para ejecutar un beso. Ella siempre lo rechazaba, y se quejaba de su forma tan directa y grotesca de conquistarla. Pero los veías al rato, al fondo del patio dándose un piquito, y Kleiber venia hacia nosotros inventándonos que la agarró así y ella lo agarró asá.

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En el juego de la botella que hicimos rodar en el cuarto de Jonatan, Me tocó besar nuevamente a Teti, por el alboroto que todos tenían, a causa de la historia que ella y yo tuvimos anteriormente.
ꟷ¡otro! ¡otro! ¡otro!
Kleiber se extasiaba con el coro del público y mostrando toda su cizañaría me empujó para besarla.

Teti y yo nos besamos por primera vez en el patio de su casa. ocurrió un día de carnaval, nos dividimos en grupos de tres, pero faltaba alguien y quedamos Teti y yo como un grupo adicional. Nuestras bombas de aguas las dejábamos en nuestro escondite de guerra; un rancho ubicado detrás de su patio. Allí llenábamos las bombas y salíamos corriendo.

Cuando llenábamos las bombas, ella se me quedaba mirando fijamente. Nos gustábamos desde el primer día que nos vimos, y nos besamos en el rancho, rodeado de variedades de olores que emanaba de un pipote de basura, olores del monte, de la tierra y de las bombas nuevas que mamá nos regaló. Kleiber, quien venía sigilosamente por detrás del rancho a lanzarnos bombas, nos descubrió, y al minuto siguiente ya lo sabía toda la zona. Era increíble el poder de comunicación que tenían en los pueblos. Al día siguiente, mamá lo supo, Rosa lo supo, todos lo supieron.

Nos besamos. En medio de una buya que silenció el papá de Jonatan al abrir la puerta, comunicándonos el final de la fiesta. Era media noche cuando regresamos en el carro de mi tío Jairo. Jairito iba callado, molesto por lo que había hecho Kleiber en un momento de la fiesta, humillándolo frente a todos bajándole los pantalones, y también por haberme besado con Teti. A él le gustaba mucho a Teti. Y yo me enteré cuando Kleiber esparció el chisme informando que le había tumbado la novia a Jairito.

Lo cierto es que Jairito no me habló por varios días, lo que me ocasionó un gran hastío durante el transcurso. Días donde el sol se ponía pepúo; como decía tío Jairo, y yo me la pasaba, o encerrado en el cuarto de Mélani, que tenía aire acondicionado, o en el patio dándole al balón. En una de esas tardes esperando a Jairito que nunca llegó. Apareció Miguel en su camioneta grande. Cuando Miguel llegaba todos se contentaban. Miguel era el novio de Mariela. Siempre que llegaba traía muchas bolsas con comida, regalos para su hijastra Mélani, y también licor. Su suegro lo quería mucho, se contentaba cuando Miguel sacaba de su gran camioneta varias botellas que ellos llamaban whisky. Y al rato los veías a todos en la sala viendo el partido de beisbol, mientras la señora Melania y sus hijas cocinaban el almuerzo. Para entonces mamá se la pasaba el día acostaba en el cuarto con aire acondicionado. Yo me cansé de esperar a Jairito y lo fui a buscar.

Me metí por el patio y crucé el muro que daba a una urbanización. Su casa era pequeña, rodeado de una cerca de alambre.
ꟷJairito no está.
dijo la señora de infinita molestia.

Me dirigí hacia el pequeño estadio que se encontraba detrás de la urbanización y subí el muro que daba al patio de Teti. Salté, caí sobre un grupo de basura que me embarró el pie de una textura parecida al barro. Me lavé el pie en el chorro que salía del rancho ubicado detrás de la casa, allí del otro lado se encontraba el patio de las gemelas, quienes me saludaron cuando me vieron, e hicieron que el saludo informara a Teti de mi visita inesperada. Se acercó preguntándome qué hacía. Se burló de mi desventura y me dio un beso en el cachete. Pregunté por Juan, me dijo que estaba en el baseball. Recordé que Jairito también estaba en su equipo y comprendí porque no se encontraba en su casa.

Teti me tomó de la mano y me pidió que hiciera silencio.
La seguí, nos metimos hacia un lado de su casa y apoyándose en la pared de zinc, señaló un orificio por donde ella veía. ꟷacércateꟷ susurró, tapándose la boca con una mano para detener la risa.

Me incliné por el orificio, Alcancé ver la falda de su mamá. Una mano se asomó por un lado de su cintura y bajó por su falda, se metió por debajo y la alzó, noté su ropa interior roja incrustada entre sus nalgas.

Retrocedí y aguanté la risa. Teti se asomó y retrocedió riendo. Volví a asomarme, el hombre se encontraba atrapado en sus senos, mientras ella retrepaba suavemente sobre la cama perdiéndose en la mira del orificio.

Me incliné un poco más enfocando el ojo para encontrarlos de nuevo, pero la curiosidad me hizo repasar los límites, e hice un ruido que nos dejó en el patio en menos de un segundo. ꟷ¡Teti!ꟷ llamó Rosa, quien salió por la puerta trasera de su casa. Nos acercamos, me saludó después de haberle indicado a Teti donde estaba su comida, Teti se dirigió a la cocina y yo me quedé sentado, a un lado de la puerta en una silla de plástico.

Su casa estaba divida en tres cuartos, separados con cortinas colgadas del techo, la cocina estaba afuera, era pequeña y el sol pasaba por los orificios del techo. Teti, mientras comía, miraba a su mamá frente al espejo, que se arreglaba el labial y explicaba que volvía en la tarde. Agregó que Juan llega a las tres, que cerrara la puerta, y que no hiciera desastre. Culminó pegando sus labios que hicieron un sonido y nos lanzó una bendición.

Vimos salir al hombre por entre las cortinas, a Rosa taconear la sala y la mano del hombre caer en su cintura. Le pregunté por su papá, ꟷestá en otro lugarꟷ respondió, y me evadió el tema tocándome el pecho. ꟷ¡ere!ꟷ corrió atravesando las paredes que bailaban con el ritmo del ventilador. ꟷ¡ere!ꟷ yo saltaba de cama en cama cual mono en los árboles; giro, ruedo, salto, esquivo, reímos, somos dos niños bajo una tarde cualquiera, de un mes cualquiera y un año cualquiera, dos niños que detienen el tiempo y el espacio, Inyectados por el misterio que envuelve el lugar como un virus mortal en nuestra sangre.

Reímos, caímos envueltos en el nacimiento de un deseo que nos envolvió con su llama. Nuestros cuerpos yacían desnudos sobre ropa usada en un rincón del armario. Un olor virginal que emanaba de nosotros como el aliento de un fuego. Nos besamos, pegando nuestros cuerpos sudorosos, Eros y Psique en el rincón de un closet, sin alas, apenas dos cuernitos que sobresalen de sus espaldas.

El ruido de la puerta nos avisó enseguida. Teti agarró la ropa, yo también pero no hubo tiempo y nos ocultamos debajo de la cama. dos tacones rojos entraron seguido de unos zapatos deportivos. ꟷ¿dónde la dejaste?ꟷ preguntó el tacón rojo ꟷno sé, tal vez por aquíꟷ respondió el zapato deportivo, que se acercó a la cama e hizo sentar a su dueño. Escuchamos escudriñar las sábanas, Teti se intentaba vestir y yo le hacía señas que no. ꟷdéjame preguntarle a Tetiꟷ salió, deslizando el silencio de las cortinas, el zapato deportivo caminó hacia el otro lado de la cama, vimos una sombra inflarse sobre el piso y una mano se asomó para agarrar la billetera. Casi me dio un infarto. El tacón llegó informando que no encontraba a Teti. ꟷ¿dónde estaba?ꟷ preguntó el tacón. El zapato dio una breve respuesta, y un silencio hizo caminar a los tacones en dirección hacia la cama. Los zapatos hicieron sentar a su dueño, se abrieron como una puerta en la bienvenida de aquellos tacones, y allí, dos rodillas se asomaron en nuestro encuentro. sonidos y jadeos alimentaban nuestras ganas de reír, el zapato y el tacón abandonaron a sus dueños y cayeron al piso. Teti y yo nos vestimos con delicadeza, mientras escuchábamos el canto gregoriano de aquellos dos humanos, que se alarmaron por el ruido en la puerta. Los zapatos volvieron a su dueño rápidamente y los tacones atravesaron la cortina. ꟷBendiciónꟷ. Dios me lo bendiga, ¿has visto a Teti? ꟷno la he vistoꟷ respondió Juan, dueño del zapato blanco, que atravesó las cortinas y abandonó toda su indumentaria y la reemplazó por otra. Cuando todos los zapatos salieron de casa, Teti y yo nos quedamos en silencio por unos segundos. Le hice señas que esperara. Me asomé poco a poco. Sigilosamente atravesé las cortinas para verificar el espacio, me incliné, miré hacia el patio y por sobre el hombro la puerta de entrada. Hice señas y salió Teti. Minutos después, me encontraba en casa, bañado, comido y acostado, y, sobre todo, pensando.


Si no leíste los capítulos anteriores:


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Capitulo 2:

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Capitulo 6:

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Capitulo 7:

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Capitulo : 8

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@sevalo13 EXCELENTE! muy buen relato. Gracias.

gracias por leer amigo! saludos!!

Buen relato,buena imaginación,felicitaciones

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viviremos en Anaco
Tengo mucha familia que vive en Anaco.
Me encanta leer cada día tu relato, aunque debo admitir que debo retroceder dos cap que me perdí, pero realmente me gusta tu manera de escribir, engancha muy rápido al espectador.

me alegra verte por aqui lili. y gracias por leer, me alegra saber que hay alguien que sigue el hilo de la historia. saludos .

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